LOVE IN BLUE

   

Fernando, el imposible amor

Tenía yo, por aquel entonces, 17 años y estudiaba preuniversitario en una ciudad del suroeste de Francia, muy lejos de donde residía mi familia, por lo que no tuve más remedio que matricularme como interno. Por primera vez en mi existencia, iba a tener que vivir en comunidad, cosa que me horrorizaba pues, además de tener que renunciar al confort de mi casa, tendría que someterme al reglamento -bastante estricto en aquella época- de los liceos franceses.

Al cabo de unas semanas, el alejamiento, las normas del internado, el exceso de trabajo consiguieron desestabilizarme lo suficiente como para sumirme en la más absoluta de las nostalgias, haciéndome añorar, como nunca hasta ese momento, a mi familia, a mis amigos y mi casa. Ademas, reinaba entre nosotros un desagradable -a la vez que absurdo- espiritú de competición que hacía practicamente imposible cualquier relación de amistad con ninguno de mis compañeros de curso. Afortunadamente, mi espiritú soñador acudía a mi auxilio, ayudándome a evadirme de aquella osca.realidad en los momentos más difíciles.
Durante las interminables tardes de estudio, en aquella sofocante aula donde 30 o 35 internos como yo estudiaban en el más profundo de los silencios, cuando ya estaba harto de la compañía de teoremas, axiomas y demás postulados, me submergía en la contemplación del parque del colegio, a través de los grandes ventanales. Aquel hermoso parque era uno de los vestigios de una antigua finca.señorial sobre la que se asentaba el colegio, junto con el palacete que seguía hirguiendose todavía, allí arriba de la colina, por encima de las modernas y monótonas construcciones de hormigón.

No sé de donde salió, pero una tarde, entre las 6 y las 7h., cuando me encontraba absorto en una de estas contemplaciones solitarias, apareció de la nada, como por arte de magia, siguió un sendero que cruzaba el parque, y desapareció de la misma forma detrás del bloque vecino al nuestro donde se encontraba el internado de los "medianos" (chicos entre 14 y 16 años).
Yo no sabía aún de mis inclinaciones sexuales: hasta ese momento, solo me habían interesado las chicas y creía, como casi todos, que un homosexual era un afeminado, alguien que deseaba ser mujer y las imitaba en todo.
Y yo no me sentía así... bien al contrario, yo era muy viril y sentía legítimo orgullo de mi virilidad.
Pero aquella visión había turbado mis sentidos y creo que pensé algo así como: "Es normal que te guste mirarlo: es un chico muy guapo. ¿Por qué no podrías admirar la belleza de otro chico? ¿Hay algo que lo prohiba? ¿Te sientes menos viril por admirar la exquisita harmonía de su rostro y de su cuerpo?".

Esto debió tranquilizarme pues, a partir de ese día, casi todas las tardes, a eso de las 6, observaba el parque, esperando que apareciera de un momento a otro, como la primera vez. Esto solo ocurría tres veces a la semana, los mismos días, y a una hora en la que todos los internos estábamos en nuestras salas de estudio respectivas, por lo que deduje que debía acudir a unas clases particulares.
Era un chico de unos 15 años, de mediana estatura, pero con un cuerpo atlético y muy bien proporcionado. Su rostro era una replica perfecta de la del Antinoo, tal y como la podemos admirar en la estatua que nos sirve de emblema: pelo negro y ondulado, nariz recta, labios carnosos, barbilla redonda y unos ojos negros de azabache.

Estaba ansioso por verle, no solo aquellos días señalados y a estas horas, sino cualquier día y en cualquier momento. Asi que, entre clase y clase, en mis idas y venidas por el colegio, intentaba siempre estar pendiente de él, observando todos y cada uno de sus sus movimientos, en una especie de investigación digna de los mejores detectives... Eso, cuando tenía la suerte de verle, claro. Tan es así que, en pocas semanas, ya sabía en que curso estaba, cuales eran sus horarios de clase, etc.
Quería conocerlo y ser su amigo, pero esto chocaba con dos realidades: en primer lugar, los de mi curso solían ignorar a todos los de los cursos inferiores; es más, les prohibían que se acercaran a nuestro bloque y, cuando alguno de ellos infrigía esta norma, lo zarandeaban y le hacían mil vejaciones, con lo que el chico no volvía a aparecer más por allí. Además, si mis compañeros me hubiesen notado un interés excesivo por un chico más jóven y de otro curso, se hubiesen mofado de el y de mí. De todas formas, tampoco le hubiesen dejado acercarse a mi.
En cuanto a nosotros, los mayores, el reglamento del centro nos prohibía tajantemente (ahora me imagino porque...) acercarnos a los internados de los más jóvenes.
Los sábados y los domingos, la disciplina era algo más relajada. Pero él se iba a su casa, invariablemente -y muy a mi pesar-, todos los fines de semana... Descubri que, casi siempre, volvía a su pueblo en el coche de un compañero mío, que a la sazón era primo suyo... pero eso no me sirvio de nada, salvo para tener algunos datos más sobre él: así supe que se llamaba Francisco, que su padre era médico, que era el menor de tres hermanos y que le gustaba jugar al tenis...

¿Pero, cómo no se me había ocurrido antes? Estaba claro: ya sabía donde podría encontrarme facilmente con él, sin infringir el reglamento y sin molestar a nadie.
En el extremo del parque, en un lugar apartado, detrás de una fila de cipreses, estaban las canchas de tenis y el frontón. Yo no sabía jugar al tenis, pero uno de mis compañeros jugaba muy bien y aceptó darme unas cuantas lecciones.
Estuve casi a punto de hacerle perder la paciencia, ya que cambiaba constantemente el día y la hora de la clase, hasta poder coïncidir con Francisco en las canchas.

Si antes había admirado la harmonía de sus rasgos, su donaire al andar... ahora que tenía la oportunidad de verlo con camiseta y pantalón corto, ahora que podía contemplar mejor su cuerpo, a plena luz del día y bajo un sol resplandeciente, me quedaba paralizado por la emoción ante tan singular belleza.
Esto se repetía una y otra vez y ese rincón apartado, semejante a un laberinto con sus altos setos, se había transformado en mi jardín secreto: acudía allí siempre que tenía un rato libre, llegaba jadeante después de haber atravesado todo el colegio corriendo con mi bolsa de deporte a cuestas, con la esperanza de encontrar allí a Francisco, jugando en cualquier pista. Pero no tardé en darme cuenta de que nunca tendría el valor suficiente como para hablarle y, aunque me hubiese atrevido, me hubiese quedado mudo. ante él. Tal y como me ocurrió la primera y unica vez que tuve la oportunidad de estar frente a frente con él, en el colegio. Era el final del curso y todos los internos recogíamos nuestras cosas para volver a casa. Entonces lo ví, hablando con su primo, en una de las aulas, y me acerqué a ellos para despedirme.

- Oye por cierto: te presento a mi primo, Francisco. Sabes, es un chico muy inteligente: no ha cumplido aún los 16 años y el próximo curso, estará ya en nuestro bloque.

Solo pude balbucear:

- Mucho gusto en conocerte, Francisco. ¡Qué pena, verdad: tu llegas cuando nosotros nos vamos!

- Creo que nos conocemos ya... ¿No me recuerdas: hemos coïncidido muchas veces en el tenis...?

- Si, claro que me acuerdo... Por cierto: juegas muy bien... Yo apenas he empezado este año.

Así que, él tambien se había fijado en mi...
Estaba furioso contra mi mismo: me lo presentaban el mismo día que nos teníamos que marchar del colegio y era para descubrir que podíamos haber sido amigos este año... Todo un año gozando con su compañía... si tan solo me hubiesa atrevido a hablarle.

El año siguiente, estando ya en la universidad, fuí dos o tres veces a su pueblo. Incluso pasé allí todo un fin de semana, con la esperanza de encontrarme con él. Y ocurrió... lo que había esperado tantas veces ocurió: la misma tarde del domingo, pasaba delante de su casa al tiempo que el salía con un a amigo o con un familiar. Me reconoció, nos saludamos, se extraño de verme allí, pero me quedé igual de mudo que en la despedida en el colegio.

Entonces, supe que no tendría nunca el valor de hablarle lo suficiente como para poder inciar una amistad con él... Dejé de ir a su pueblo los fines de semana, e intenté olvidarle.

Esto es algo, supongo, que nos ocurre a muchos, cuando alguien nos deslumbra por su belleza o por su inteligencia. Todos tenemos, a nuestro alrededor, a seres así que admiramos en secreto, pero que nos parecen. totalmente inaccesibles y a los que jamás nos atreveríamos a decirles nada, y menos aún a revelarles nuestro amor.

Os podría hablar, ahora mismo, de dos o tres chicos de mi vecindario, con los que me encuentro casi a diario por la calle, cuando van o vuelven de su colegio o de su trabajo, etc. Pero son los que yo llamo los "imposibles" porque, aunque te gusten a rabiar y estes perdidamente enamorados de ellos, sabes que nunca tendrás el valor de pararte a saludarles o a preguntarles cualquier cosa que te permita entrar en sus vidas.

Cerca de mi despacho vive un chico así: me lo encuentro generalmente cuando vuelve del colegio, o del gimnasio o cuando sale a pasear su perrito.
Hace unos cuantos años que lo vengo observando, que lo miro -y lo admiro- cuando nos cruzamos, disimuladamente a veces, descaradamente otras. Hace años que él, invariablemente, baja los ojos al notar mi insistente mirada; pero los dos seguimos nuestros caminos, sin decirnos nada...
El tiene ahora 18 años (ya diré luego como lo sé) y hace por lo menos 4 años que se repiten nuestros encuentros, de la misma forma, siempre.
Salvo la semana pasada, que le miré cuando iba a coger mi coche y, por primera vez, se dió la vuelta para mirarme él tambien.Extrañado y totalmente Incrédulo, volvi a mirarle, y vi como se daba la vuelta por segunda vez, antes de desaparecer en el portal de su casa. Claro que, de todos modos, y aunque se hubiese quedado mirándome fijamente, no hubiera pasado nada, porque yo estaba, en este momeno, igual de paralizado que con Francisco.

Pero esta mañana, estando en mi oficina, me ocurrió algo casi imposible de describir. Salí de mi desepacho para llevarle unos papeles a mi secretaria. Ella estaba ocupada, hablando con un chico... y este chico era él.

No, no era el novio de mi secetaria, aunque podría serlo, ya que mi secretaria es también muy joven. Pero no.
Resulta que este chico es el hijo del novio de mi secretaria (un hombre de mi edad, pero que tambien se conserva muy bien -se ve que somos una generación que cuida su forma física... y da resultados, pués a él le ha permitido seducir a una chica joven y guapa...)

Ella, sonriente, me lo presentó. El, bajó la mirada, como en tantas ocasiones... Hasta noté como se le sonrosaban las mejillas.
Yo sólo pude pronunciar un:

- "Hola, Fernando, como estas..."

Y luego, fue todo como en un sueño del que solo se recuerdan algunas palabras, algunas imágenes.
A los inevitables comentarios de presentación de mi secretaria, apenas si le oí contestar:

- "Si, somos vecinos: vivo en esta calle, muy cerca...", con una sonrisa tímida, a la vez que pícara, que sólo yo podía entender.

Volví a quedarme sin habla; sentí como la sangre golpeaba mis sienes, como todo mi cuerpo temblaba interiormente y, para disimular mi emoción, no tuve más remedio que meterme de nuevo en mi despacho.
Era incapaz de hacer nada... sólo me repetía, mentalmente, una y otra vez: "Por Diós, que guapo eres Fernando, que guapo eres...", de la misma manera que Achenbach, en la película "Muerte en Venecia" se repetía, para si mismo, después de cruzarse con Tadziu en los pasillos del "Hôtel des Bains": "No deberías sonreirle a nadie de esta forma, Tadziu, no deberías sonreirme así..."

Esto fue por la mañana. A la noche, todavía estaba bajo el embrujo de ese momento, pero treméndamente triste, porque sabía que no conseguiría nunca que este chico se interese por mi, y no porque el fuera a rechazarme (que hasta puede que sea homosexual ¿por qué no?), sino por mi, porque pierdo todos mis recursos delante de un chico como él.
Por eso es un "imposible".
Alexandre, por ejemplo, es distinto: no es un imposible, solo es un "improbable" ya que, si bien tengo confianza en hablarle, sé que es heterosexual y que no existe ninguna probabilidad de que él y yo seamos otra cosa que amigos.

Puede que, ahora, Fernando me salude por la calle, cuando nos crucemos. Pero sé que no podré jamás profundizar en nuestra relación para que me conozca mejor, para que sepa realmente como soy y pueda apreciarme de alguna forma.
Puede que, a partir de ahora, sólo sea, para él, el jefe "gay" de la novia de su padre (¿qué complicado, no?)

A partir de ahora, cada vez que ella me nombre delante de ellos, contando alguna de las anecdotas que nos ocurren a diario en nuestro trabajo, puede que se sonría, de la misma forma que lo hizo en mi despacho, socarronamente, pensando Dios sabe qué cosas de mi.

Y yo sin embargo, a partir de ahora, estaré pendiente de cualquier palabra que pronuncie mi secretaria, ávido por saber más cosas de Fernando, de sus vida, de sus amores...

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1 Mensaje

  • Fernando, el imposible amor

    15 de marzo de 2009 03:27, por Marianpo

    ¡Hola!
    Que interesante relato... me sentí muy identificado.
    A la mayoría de nosostros (los gays) nos pasan esas cosas, de tener una excesiva timidez, por temor a revelar nuestro "secreto" a alguien que pueda resultarnos nocivo.
    O tal vez, como bien decís... uno queda ante semejante belleza como sin armas, como despojado de sí mismo (lo cual incluye nuestros posibles encantos que podrían servir para "conquistar").
    ¡Cuántas veces me ha pasado!
    Y hay algo aún más terrible... cuando uno entra en la vida de ese ser que tanto admira, pero el vínculo no pasa por donde nos gustaría, sino que es de otro modo.
    ¡Me hiciste recordar mis épocas "mozas"!

    Saludos

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