LOVE IN BLUE

   

EL CHICO PARAÍSO

 
 

 

Me llamo Jorge, tengo 17 años y soy prostituto.

No me juzguen mal: cuando nací, ni mis padres, ni nadie que conociera mi familia podía pensar que, algún día, me ganaría la vida alquilando mi cuerpo.
Yo tenía, como cualquier otro niño de clase media, un proyecto de vida normal: crecer sin demasiadas enfermedades ni accidentes, estudiar, y llegar a ser, el día de mañana, un hombre de provecho.
Pero, en algún momento, en algún sitio, algún hada mala intervino para cambiar este proyecto, cruzando mi destino con el de otra persona menos afortunada que yo.
No sé exactamente cuando ocurrió este canje; lo único que sé es que, un día, mi madre se fue a vivir con otro hombre a otra ciudad, muy lejos; que mi padre no pudo o no quiso ocuparse de mí ni de mis cuatro hermanos y que, a partir de allí, el mundo -mi mundo- dio un vuelco de tal forma que ya no me importaban las enfermedades, ni sabía muy bien lo que significaba ser un hombre de provecho, ni para qué servían los estudios..
Hasta los mismos juegos dejaron de ser juegos.
El resto llegó, insensiblemente, sin buscarlo, sin quererlo, de la misma forma que el viento se lleva las hojas muertas en otoño.
Mis clientes conocen mi historia, pero no les importa mucho: ellos vienen a lo que vienen, pagan y se van.
Pero ¿saben?: a veces escribo cosas de mi vida en unos pequeños cuadernos, de los que usan los camareros para tomar los pedidos. Hasta los enseñé, un día, a uno de mis clientes que decía ser periodista o algo así. Le dejé mis cuadernillos, pero no lo volví a ver, y me quedé sin ellos. Aunque no importa mucho, ya que todo esta en mi cabeza. Además: ¿A quién podría interesarle mi historia?
Algunos meses mas tarde, conocí a otro hombre que también pareció interesarse mucho por las peripecias de mi vida.
No era un cliente: vino una noche, me invitó a tomar unas cervezas y hablamos un buen rato. Pensé que no era un tío muy listo, ya que conseguí sacarle algún dinero para pagar mi pensión sin tener que hacerle ningún servicio.
Volvimos a vernos otro día, en el mismo plan: estuvimos conversando casi dos horas y, al final, le saque otro dinerillo sin darle nada a cambio.
Desde luego, este tío era todavía más imbécil de lo que había imaginado, aunque -dicha sea la verdad- me caía muy simpático. Pero no hay que desaprovechar ninguna oportunidad, así que le regale, como despedida, una amplia sonrisa para animarle a que viniera más veces y se gastara de la misma forma, conmigo, su buen dinero.
La tercera vez que nos encontramos, volvió a insistirme sobre el relato de mi vida: podía ayudarme a escribirlo y, tal vez a publicarlo. Yo le seguía la corriente, pero sin creerme nada de lo que me decía. Algunos tíos son muy raros y se inventan cualquier cosa con tal de poder llevarte al huerto y hacer lo que quieren contigo.
Estuvimos tomando cervezas en la playa: él me hacía preguntas, y yo le contestaba lo que quería. Empezaba a molestarme tantas preguntas. Así que cambie de tercio: me puse tierno con él, acariciándolo y dándole besitos. Total que me lo camelé y conseguí sacarle una buena pasta por nada, o casi nada.
Pero si hoy pueden leer este libro, es porque él volvió. Y porque me di cuenta de que, en el fondo -y aunque me cueste reconocerlo- era una buena persona que quería ayudarme sinceramente.
 
...
 
Este podía haber sido el primer capítulo de un libro sobre las venturas y desventuras de Jorge, un adolescente que conocí hace ahora algo más de tres años, y que pasó por mi vida, como una rosa, dejando sólo un perfume.
Se lo había prometido: le había prometido ser la mente que ordenara los acontecimientos de su vida, la mano que escribiera su historia, el amigo que la ayudara, tal vez, a salir del anonimato y, así mismo, de la miseria. Pero nuestros caminos se separaron antes de que terminara de contarme su vida y solo dispongo, para cumplir mi promesa, de unos pocos datos que apenas si dan para un relato o para un cuento.
Era una de estas tardes de verano agobiantes de calor en las que parece que el mar se haya fundido con el aire, tal era el grado de humedad ambiental. Y yo intentaba buscar un inexistente frescor refugiándome debajo de los frondosos ficus del parque cuando un joven, que no parecía tener más de 15 años, se dirigió a mí:
- ¿Me das fuego?
- No fumo. Dejé de fumar hace mucho.
- Pero, no te vayas así... ¿tanta prisa tienes?
- Lo siento: me encantaría charlar contigo, pero me están esperando. ¿Y tu que haces ?
- Ya lo ves: buscándome la vida...
- Hablaremos otro día ¿vale?
Pero ya se estaba dirigiendo a otro hombre, pidiéndole lumbre. Y yo me alejaba pensando: “Desde luego, son la leche... Aunque no seas nada obvio, estos chicos consiguen siempre descubrirte, como si leyeran en tu mente”.
Y no volví a verle, hasta mucho tiempo después, casi al final del verano, una noche en la que me paseaba en la playa.
No lo reconocí en seguida. Sólo vi un chico que, sentado en un banco a cierta distancia me estaba observando y, conforme me iba acercando a él, me iba clavando su mirada en la mía dedicándome alguna que otra sonrisa cómplice. Cuando llegué a su altura, siguió con el método de la vez anterior:
- ¿Me das fuego?
Entonces lo reconocí:
- ¡Hola! Ya sabes que no fumo...
- ¿Nos conocemos? Bueno, puede que sí... Conozco a tanta gente...
-  Pero puedo invitarte a una cerveza, si quieres. Eso, si no estás esperando a alguién, claro.
- ¡Qué va, está esto más muerto hoy!
Aquella noche, mientras bebíamos dos o tres cervezas, me contó -a grandes rasgos- su vida. Lo de su padre, antiguo guardia, expulsado del cuerpo por alcoholismo. Lo de su madre, que se había fugado con otro hombre y vivía ahora en la Costa del Sol. Lo de su hermana mayor, que ejercía la prostitución al final del paseo.
- ¿Sabes? Yo estoy aquí más que nada para protegerla
También me habló de sus dos hermanos menores, que vivían en un pueblo, con la abuela y que no había visto en dos años.
Pero, como buen profesional, no perdía de vista la marcha de su “negocio”, controlando con la mirada a los escasos hombres que todavía transitaban solitarios por allí. Y, entre cerveza y cerveza, volvía incansable a ofrecerme sus servicios:
- Oye ¿de verdad que no te apetece venirte conmigo? Podríamos pasar un buen rato juntos... Mira, como hoy no viene nadie, no te cobraré mucho... O mejor: me das lo que quieras...
Y yo seguía negándome, intentando convencerle de que sólo me interesaba charlar con él, tomando unas cervezas.
Entonces me miraba a los ojos, bastante incrédulo y con cierto aire desafiante, pero seguía contándome cosas. Se movía mucho sobre su silla, y las palabras fluían de su boca como un río: no paraba de hablar, mimando a veces las situaciones, con el entusiasmo de un niño.
Aquella noche, de toda esta verborrea desordenada, sólo retuve que el destino le había jugado una mala pasada, arrancándolo de su bici y de su "Nintendo" para dejarlo tirado en las calles de una gran ciudad, alquilando su cuerpo a desconocidos a cambio de cuatro chapas que le permitían malvivir.
- ¿Sabes? La mayoría de las veces, si no cobras antes del servicio, ni siquiera te pagan lo convenido. Hasta llegaron, algunos, a quitarme el dinero ganado en una noche...
Pero -añadía con cierta picardía en la mirada- mi hermana y yo, ya nos hemos organizado para que no nos vuelvan a robar.
Pobre Jorge, que ni siquiera conseguía ganar lo suficiente como para poder saldar la deuda atrasada contraida con la Pensión Miguel -una casa de huespedes antigua y destartalada en una de estas calles estrechas y oscuras que rodeaban el mercado de abastos-, donde se hospedaba.
Sin darme cuenta, se nos habían hecho casi las tres de la madrugada:
- Tengo que irme, ahora.
- ¿Te vas ya? Claro...
Me pareció notar de pronto en él cierta tristeza o desencanto.
- Nos veremos otro día, Jorge.
- Ya... como que me lo voy a creer...
- Te lo prometo.
- ¿Dime cuando...? ¡Ves: no puedes contestarme! ¿De verdad no quieres que estemos un rato juntos?
Me negué una vez más, le saludé y vi como se alejaba, lentamente, como si no quisiera irse, volviendo la cara hacia mí una y otra vez. A la tercera, le grité:
- ¿A qué hora, mañana?
Y él, recobrando la sonrisa, me dijo:
- Estaré aquí un poco antes de la media noche... te esperaré... ¡No me falles!
 
 
 
Volví la noche siguiente, y algunas más después. A veces, me comentaba que no había cenado, y yo le invitaba a comer algo. Pero no quería bocadillos:
- Que estos los consigo yo de José, el dueño del bar de la E. A él le molan los chicos muy jóvenes, pero como yo parezco más joven que mi edad... le dejo que me toque un poco, y consigo todos los bocadillos que quiera. Como hoy me invitas, quiero un helado, pero una copa grande ¿eh? y con mucha nata...
Con Jorge, iba aprendiendo la geografía real de esta parte de la ciudad, con sus verdaderos pobladores, y él me indicaba el "territorio" de cada uno: el barman pederasta, que regalaba helados a los niños que se dejaban tocar, su hermana, la "independiente", porque no estaba bajo la protección de ningún proxeneta; los travestís, que intentaban quitarle el sitio a su hermana, los jóvenes marroquíes del parque, que le hacían la competencia a él y le habían amenazado ya más de una vez con sus navajas, los chaperistas del puerto o de las estación de autobuses -"Te aconsejo que no vayas nunca con ellos: son drogadictos y tienen sida"-, los borrachos y los mendigos, que también habían intentado limpiarle los bolsillos, algunas veces que se había quedado dormido sobre un banco... Y me aconsejaba:
- Si algún día duermes en la calle, sobre un banco, tienes que poner tu cartera enrollada en una prenda, a modo de almohada, debajo de tu cabeza. Así, no te la pueden quitar.
Vivía de noche, como un lobillo ágil y escurridizo, en medio de esta fauna que había aprendido a conocer a rempujones y a golpes, y que ya no temía. Al alba, volvía con su hermana a la pensión donde compartían la misma habitación, la misma cama. Con un armario empotrado, un lavabo en un rincón, y una ventana que daba a un patio interior.
 - Antes, teníamos una habitación con vistas a la calle: era muy alegre y soleada. Pero era muy cara, así que la dejamos.
Se despertaban a las cuatro o las cinco de la tarde, comían, y Jorge se quedaba, el resto del día, mirando la tele en el salón de la pensión. Llegada la noche, se duchaba -"Yo soy muy limpio, sabes. Me ducho todos los días, a pesar de que nos cobran por cada ducha"-, y se preparaba para reunirse con su hermana, en la calle.
Un día me comentó:
- Sabes, no me gusta nada vivir así. No he vuelto a tener casa, desde que salimos del pueblo.
Y yo intentaba saber porque habían salido del pueblo, intentaba comprender como podía romperse así una familia, unos destinos. Pero no había razones, sino solo desatinos y disparates. Coges la calle de la derecha, en vez de la de la izquierda, y de repente cambia toda tu vida de forma tan brutal que no la reconoces. Y pierdes tus puntos de referencia: tu hogar, tus amigos, tus ocupaciones cotidianas -sí, esas mismas que te aburrían tanto antes- y te encuentras de repente como si estuvieras en una pesadilla. ¿Cuándo terminará? Tengo que despertarme... algún día tengo que despertar de este mal sueño, seguro, y todo volverá a la normalidad.
Pero Jorge no despertaba nunca. Así que, un día, decidió tirarse por la ventana, esa misma que daba a un patio interior. Y despertó, pero con el cuerpo hecho añicos, en un hospital.
Había despertado, pero seguía en la misma pesadilla.
Y, sin embargo, aún le quedaban recursos para reírse de sí mismo mientras me enseñaba, sin pudor, las cicatrices en su cara, sus brazos, su pecho, sus piernas o sus caderas, en la terraza del mismo bar donde habíamos tenido nuestra primera charla.
Al ver este cuerpo desnudo, roto en mil sitios, me di cuenta de su extrema delgadez, esa delgadez que le daba ese aire quinceañero que tanto gustaba a sus clientes.
Le pregunté:
- Jorge... ¿De verdad tienes 17 años? ¿De verdad?
Entonces se rió, y dirigiendo su dedo indice hacia mi, en signo de reprimenda me dijo:
- Ya sé, ya sé porque no quieres saber nada conmigo, porque no me crees... Crees que soy un niño ¿verdad? y te da miedo.
Entonces, sacó su cartera -una cartera repleta, como la de cualquier chico de su edad, de montones de fotos, de pápeles, de notas, de tickets...- y me enseñó su carnet de identidad:
- Mira ¿Ves?: Jorge R. nacido en Alcoy... en 1980... ¿Me crees ahora?
Jorge estaba equivocado, con respecto a mis motivaciones, pero no servía de nada negarle lo que fuera: él tenía su verdad, y no la cambiaría por muchos discursos que le hiciera. Intenté cambiar de tema y le pegunté si podía ayudarle o como podía ayudarle.
Entonces, me habló de su diario, de sus cuadernillos de camarero llenos de notas, repletos de trozos de su vida: el reformatorio, la pensión, el hospital, la calle...
- ¿Quieres ayudarme a escribir el libro? Yo te traeré mis cuadernos, y tu escribes la historia. ¿Lo harás, dime, de verdad que lo harás?
Y yo se lo prometí.
- Por lo demás, no te preocupes, estoy ahorrando para irme con mi madre, à Málaga. Y sino, tengo buenas ofertas: hay un señor que quiere que yo me vaya a vivir con él, a su casa. Tiene mucho dinero y un buen piso en la playa, no creas. Pero es muy viejo y no me gusta. Si fuera alguien como tú...
Y me miraba con aire de reproche, por no haber cedido aún a sus encantos.
- ¿Sabes? No todos mis clientes son viejos y feos... Aunque te sorprenda, algunos son jóvenes, muy jóvenes, casi de mi edad, y bastante guapos. Aunque estos no te piden que te vayas a vivir con ellos, porque no quieren que la gente se entere de que son gays.
Desde luego, me sorprendía tanto la cantidad de cosas que sabía sobre la gente como la cantidad de gente que conocía. Y me preguntaba si, entre tanto sucedáneo de amor, no se habría esfumado su propia capacidad de amar.
¿Podría, algún día, enamorarse realmente, sinceramente, profundamente de alguien?
Una noche me preguntó, muy enfadado:
- Pero tío, ¿por qué no quieres nunca nada de mí? ¿Acaso no soy guapo, no te gusto? Pues le gusto a un montón de chicos, para que te enteres.
Y la verdad es que no era feo: tenía unos rasgos muy finos, una piel blanca, casi transparente, sin vello, los ojos inmensos y negros, la nariz perfecta y una boca grande cuya sensualidad ponía de relieve, de vez en cuando, acariciando sus labios con su lengua.
Era bastante alto y tenía un cuerpo bien proporcionado. Por otra parte, su extrema delgadez le confería un aire de adolescente romántico y frágil. Sin duda era muy atractivo.
- Me gustas, le contesté, me gustas mucho pero, no sé... entiendelo... yo no sabría nunca si estas conmigo porque te gusto... o por otros motivos.
- ¿Por interés? Dilo... Dilo... Pues yo, para que lo sepas, a ti te regalaría mi virginidad, ¿me oyes? Porque lo soy, aunque no lo creas, lo soy: ¡soy virgen! Nunca he dejado que nadie me la meta.
Hubiera dado cualquier cosa por no haber pronunciado aquella frase. Acaba de herirle sin quererlo, sin darme cuenta, pero ya no podía hacer nada para evitar que se sintiera dolido y humiliado.
- Perdoname, Jorge, no quería...
- No te preocupes... no pasa nada... si, en el fondo, tienes razón... como siempre te estoy pidiendo cosas...
Cómo podía explicarle que, por muy guapo y atractivo que fuera, no me interesaba tanto que me entregara su cuerpo, como su alma...
Eran los sentimientos, los pensamientos, los que me interesaban en una relación amorosa, y no solo el contacto de los cuerpos.
Jorge parecía haber olvidado aquella desagradable conversación y seguimos con nuestras citas nocturnas, los días de la semana en los que no solía tener clientes y solo estaba en la calle para acompañar a su hermana.
 En uno de estos encuentros, nos ocurrió algo muy extraño. Estábamos, como casi siempre, sentados en la terraza de una cafetería, cuando empezó a llover con suficiente fuerza como para que tuviesemos que buscar algún abrigo. Así que decidimos refugiarnos en mi coche. Jorge tiritaba de frío: se frotaba las manos y las piernas para entrar en calor mientras yo arrancaba el motor y ponía la calefacción. Al rato, se acercó a mí, apoyó su cabeza sobre mi pecho y pasó sus manos por debajo de mi jersey, acariciando mi espalda y mi pecho. La noche estaba muy cerrada, con la tormenta, y el agua que caía desplegaba unas verdaderas cortinas sobre los cristales del coche. Estábamos como aislados del resto del mundo. . .
En todos estos ratos que habíamos pasado juntos, había aprendido a conocerle y sentía verdadero afecto por él. Así que respondí a sus caricias envolviéndolo con mis brazos, frotando su espalda para darle calor. No recuerdo como ocurrió pero, de pronto, nos encontramos los dos medio desnudos, abrazados y besándonos con fogosidad. Era algo muy bonito y yo me preguntaba si no me estaba enamorando de él. Pero algo vino a romper el encanto: no sé si por el efecto del alcohol o de otra sustancia que había tomado, dejó de besarme y me miró de una forma extraña, como si no me conociera. Se apartó de mí violentamente y a duras penas conseguí que no saliera del coche, sin ropa casi, bajo el aguacero. Al rato, se quedó dormido, a mi lado, y yo mirándolo y sin entender nada de lo que acababa de suceder.
Con la llegada del otoño, yo ya no salía tan a menudo, por la noche, y como Jorge parecía haber perdido interés por su proyecto de libro -se le olvidaba siempre traerme sus cuadernillos-, nuestros encuentros fueron espaciándose cada vez más. Además, algo había cambiado en nuestra relación, desde aquella noche de tormenta, y ya no me encontraba tan a gusto con él.
Unos días antes de Navidad, le invité a cenar y, durante los postres, se emocionó cuando le entregué sus regalos. Le pregunté una vez más:
- ¿Qué puedo hacer por ti, como puedo ayudarte?
Y él, como volviendo de su mundo interior, recuperando la sonrisa, empezó a gesticular y a moverse sobre su silla, como tenía costumbre de hacerlo:
- Ay, perdona... Es que se me había olvidado decirte que, dentro de unos días, me voy a Málaga, con mi madre.
Me alegré mucho por él, aunque eché en falta que no lamentara el que ya no nos podríamos ver, por lo menos no con la misma frecuencia que lo habíamos estado haciendo desde el final del verano.
Aparté estos pensamientos sombríos de mi mente y dediqué el resto de la velada a compartir su alegría. Al fin y al cabo, esta era una muy buena noticia, y podía suponer, para Jorge, el principio de una nueva vida más feliz o, por lo menos, más estable y sosegada.
- ¿Cuando te vas?
- No sé. Espero su llamada. Me gustaría estar allí para Reyes -¿quien sabe?- tal vez se acuerden de mi, y me traigan algún regalo...
La víspera de Nochevieja, me lo encontré todavía en la calle, de "guarda-coches", en el sector de "la independiente". Le pregunté:
- ¿Te has reconvertido? ¿Has dejado el "negocio"?
- No, qué va. Es que, en estas fechas, el "negocio" no funciona: los viejos están con sus familias, y los jóvenes buscándose alguna chica para el cotillón de nochevieja. Tú eres el único que viene a saludarme.
- Sí... pero no me compares ¿eh? que yo no soy cliente... ¡Que te vaya bién, Jorge, feliz nochevieja!
- ¡Feliz nochevieja, Henry!
Mientras me alejaba con el coche, lo miré por el retrovisor: gesticulaba, como siempre, en medio de la calzada, ayudando a un conductor en su maniobra de aparcamiento. Y, no sé muy bien por qué, me sentí profundamente triste.
Esta fue la última vez que le vi.
 

Henry

(Noviembre del 2000)

 

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2 Mensajes del foro

  • EL CHICO PARAÍSO

    15 de marzo de 2009 03:57, por Mariano

    ¿la foto es del chico de la historia, o es un modelo que se le parece?

    Responder este mensaje

    • EL CHICO PARAÍSO 16 de marzo de 2009 01:07, por Henry

      Hola Mariano,

      Muchas gracias por tus comentarios.
      En contestación a tu pregunta, te diré que no: este no es el chico de la historia... pero se le parece bastante, físicamente.
      Estas fotos son de las muchas -de modelos anónimos- que encontré en Internet y que utilizo para ilustrar los textos.
      Un abrazo,

      Henry

      Responder este mensaje


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