LOVE IN BLUE

   

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Kara Burnu

 

 

 

Hace casi dos semanas que costeamos, a bordo de un velero, las islas Baleares, fondeando en las calitas o haciendo escala en los puertos de Ibiza, Formentera y Espalmador, las islas más meridionales del archipiélago. En el fondeadero de Cala Vadella, tenemos como vecinos a unos alemanes en un pequeño velero, el "Kara Burnu". Dos chicos de 16-17 años y su padre componen su tripulación.

Cada mañana asisto al despertar del más jóven; somos, probablemente, los únicos del lugar en levantarnos tan temprano; lo veo estirarse y despejarse al salir de la cabina. Me saluda amablemente y, seguidamente, se asea en la bañera de su barco, mientras yo desayuno sobre el puente del nuestro.

No tarda mucho en darse cuenta de que lo estoy observando atentamente y sospecho que hay un poco de pose en su actitud, pero eso no lo hace desmerecer, al contrario! Por mi parte, he sucumbido a su simpatía y amabilidad desde el primer día. Tiene actitudes encantadoras que me recuerdan a otro joven que conocí, antaño, en un colegio...
Pero ya no tengo 20 años, y más bien me parezco al profesor Achenbach atento a los juegos de Tadziu en el Lido de Venecia. Eso me cohibe un poco, pero sin embargo, sigo observando a mi jóven desconocido que se tira al agua, desde lo alto de la cabina de su embarcación, haciendo figuras, asegurándose al tiempo, con picardía, que estoy muy pendiente de sus proezas. El tono está dado: si el decorado de Ibiza no es tan imponente como el de Venecia, las situaciones son, curiosamente, bastante similares: durante estos días, nos cruzaremos varias veces en muchos lugares del pueblo, intercambiando sólo breves saludos en inglés: "Hello!","Good morning!","Good night!"...
Como en la película de Visconti, nuestros diálogos reales se componen de miradas insistentes y de sonrisas más o menos cómplices.

El tercer día, los chicos han regresado del pueblo al anochecer, mucho antes que de costumbre y, en la penumbra del crepúsculo naciente, observo sus gráciles siluetas moviéndose por la cubierta. Los veo muy atareados y algo me dice que pronto nos dejarán.

Me gustaría quedarme observándolos hasta que la noche nos envuelva en medio del mar. Pero me toca recoger las drizas, escotas y otros objetos desparramados por el puente antes de cenar.
Pienso en lo bonito que sería compartir nuestra cena con estos chicos y celebrar su belleza coronándolos príncipes de la noche!

Al tiempo que ordeno la bañera, no le quito ojo al barco de nuestros vecinos. A la luz de la luna, veo las siluetas del padre y del hijo mayor desaparecer en la cabina del "Kara Burnu", pero el más joven se queda fuera, tumbado sobre el roof, mirando las estrellas y me cabe el privilegio de poder contemplar a mis anchas la belleza de su cuerpo medio desnudo, entregado a las caricias de la brisa.

En este preciso momento, hago míos los versos de Baudelaire en "La invitación al viaje":

Aquí, "todo es orden y belleza,
Lujo, calma y voluptuosidad ".

Antes de que se vaya a dormir y que este instante mágico se rompa, necesito hacer algo para que este chico sepa que ha marcado un momento de mi vida. Sin pensarlo dos veces, me meto de un salto en nuestra cabina, selecciono un disco de opera, lo introduzco en el equipo de sonido y vuelvo al puente con los brazos cargados de velitas que voy encendiendo y distribuyendo, de popa a proa, por toda la cubierta. Mientras la voz de María Callas se eleva, como un quejido, desde lo más profundo del barco, invadiendo poco a poco todo el espacio, me siento en la proa, frente al "Kara Burnu", a escasos metros de mi joven vecino que, sorprendido, intrigado o divertido por mis preparativos, se ha vuelto hacia mi.

Aprovecho este momento de desconcierto para mirarlo y admirarlo descaradamente. Estoy fascinado por las manchas de luz azulada y dorada que dibujan la luna y mis parpadeantes velitas sobre este cuerpo perfecto. A él, no parece molestarle mi actitud, al contrario, enciende un cigarrillo y se queda langidamente recostado frente a mí, cambiando de postura de vez en cuando, como si quisiera seducirme con su encanto una vez más.
He perdido la noción del tiempo, pero ya se van desgranando las últimas notas del aria de Puccini "Un bel di vedremo ..." Ahora, sólo se oyen el clapoteo del agua sobre el casco y el tintineo de las drizas en los mástiles. Es como si estuvieramos solos los dos vagando a la deriva sobre un mar infinito; no aparto la vista de esta fragil silueta, temiendo que esta visión fantástica se esfume en cualquier momento. De pronto, veo como se reincorpora y, por un momento, temo que, aburrido por el concierto, se vaya a retirar pero, a mi gran sospresa, lo que hace es dedicarle un simbólico aplauso a la diva. ¿Quién lo hubiera imaginado? ¡Este joven que yo había visto, la noche anterior, bailar frenetícamente en una de las discotecas del pueblo también era sensible al "bel canto"!
Nos quedamos un largo rato así, frente a frente, en silencio mientras fuma un último cigarrillo. Luego se levanta, despacio, y me saluda con su ya habitual "¡Good night, mister!", antes de desaparecer tras la puerta de la cabina.

A la mañana siguiente, ya estoy en el puente cuando el "Kara Burnu" levanta ancla. El padre y sus dos hijos, se despiden efusivamente de mi, mitad en inglés, mitad en francés, y yo trato de responder en la misma jerga para desearles buen viaje. Sigo con la mirada el velero que parece deslizarse sobre un espejo dorado, empujado por la dulce brisa de la mañana. El sol despunta en el horizonte. Mi joven amigo está de pie, cerca del mástil, una mano aguarrada al obenque y la vista puesta en el horizonte. Pero, de pronto, se me vuelca el corazón: en el preciso momento en que el barco está a punto de desaparecer detrás de rocas, el chico se vuelve hacia mí y levanta el brazo en señal de despedida.

Le respondo con un gesto amplio, tendiendo mi mano una vez más hacia él, hacia lo imposible.

 


 

 

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