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Muhammad ibn Abbad Al Mutamid y Abu Bakr ibn Ammar

’Lo hice mi esclavo, pero la humildad de su mirada me convirtió en su prisionero,
de tal modo somos ambos y al mismo tiempo esclavo y señor uno de otro’

 

¿No me digas que no conoces a Muhammad ibn Abbad Al Mutamid? se extraña, con cierto aire de reproche, una amiga mía escritora. Sospecho que su pregunta no es inocente: me mira, incrédula, por el rabillo del ojo, dibuja una sonrisa pícara y, sin darme tiempo a pronunciar una sola palabra, recita de memoria estos versos:

Apareció, exhalando aromas de sándalo,
al doblar la cintura por el esbelto talle,
¡Cuántas veces me sirvió, aquella oscura noche,
en agua cristalizada, rosas líquidas!

Está satisfecha: sabe que ha conseguido despertar mi interés por este personaje y añade, en tono confidencial: te dejaré unos libros sobre la vida y la obra del rey poeta de Sevilla.

En el siglo XI de nuestra era, la península ibérica estaba dividida en una pléyade de pequeños reinos cristianos en el norte, y de taifas musulmanas en el sur. Muhammad ibn Abbad Al Mutamid fue rey -o califa- de la taifa de Sevilla entre 1069 y 1090. Se cuenta que, en la corte de este monarca, gozaban de gran favor los poetas y literatos, ya que tanto el rey como su visir, Abu Bakr ibn Ammar, lo eran.
Ibn Hakam relata que el rey “gustaba de brillantes tertulias (maylis) entre amigos poetas, esbeltos coperos y hermosas esclavas cantoras" y que "Para entrar en su círculo íntimo, había que mostrar gran capacidad versificadora y de improvisación.”

Mi amiga me ha dejado algunos libros de poesía andalusí y, poco a poco, como si se tratara de un puzzle, voy recomponiendo -o, acaso, imaginando- la peculiar historia de amor entre el califa poeta y su preceptor.


Al-Mutamid, segundo hijo del rey de Sevilla, tenía 12 años cuando fue enviado por su padre a Silves para ser educado por Ibn Ammar que, a pesar de su juventud -tendría unos 21 años por aquel entonces- era ya un poeta de renombre. Cuentan que fue el propio príncipe el que, seducido por los versos de Ibn Ammar, había solicitado recibir sus enseñanzas.

En Silves, lejos de la rigidez de la corte, los dos jóvenes gozaban de una existencia despreocupada, dando rienda suelta a su común pasión por la poesía. Pasaban muchas horas juntos, jugando a improvisar poemas -entretenimiento extremadamente popular en la sociedad andalusí de la época. El príncipe Al-Mu’tamid sentía por Ibn Ammar una admiración que rayaba la fascinación: le seguía a todas partes -no soportaba estar separado de él ’ni siquiera una hora, ni de día ni de noche’-, le colmaba de regalos y hasta le hizo construir un palacio junto al suyo. Y es de suponer que este se dejaría también seducir por la gracia y la belleza de su joven alumno. Lo cierto es que estaban predestinados a ser amigos y que esta amistad no tardó en transformarse en una estrecha y profunda relación sentimental que duraría muchos años.

En el ocaso de su vida, Ibn Amar recordaría aquellos tiempos felices con su amigo en el Algarve con estos versos:

La lluvia cubrió el manto de nuestra juventud
en un país donde los jóvenes rompían los amuletos de la infancia.
Al recordar el tiempo de mi juventud, es como si se encendiese
el fuego del amor en el pecho.
Aquellas noches en que no hacía caso de la sensatez del consejo
y seguía los errores de los alocados;
condené al insomnio los párpados somnolientos
y recogí el tormento de las tiernas ramas.
¡Cuántas noches pasamos en el Azud, entre los meandros del río,
que se deslizaba con la sinuosidad de una serpiente!
Escogimos el jardín como vecino y nos visitaba con sus regalos
que traían las manos de las suaves brisas;
nos enviaba su aliento y se lo devolvíamos aún más perfumado,
y con más suave brisa;
la brisa, en su ir y venir, parecía una chismosa,
que llevase y trajese maledicencia;
el sol nos daba de beber.
¿Quién ha visto el sol en mitad de la negra noche, sino nosotros?

La sociedad andalusí de aquella época era bastante tolerante y no estaban mal vistas las relaciones entre personas del mismo sexo; en cualquier caso, los siguientes versos de Ibn Amar son bastante elocuentes y no dejan duda de que el suyo era algo más que de un amor platónico:

¿Recuerdas los días de nuestra juventud
cuando brillabas como luna creciente?
Te abrazaba la cintura tierna,
bebía de tu boca agua clara.
Yo me contentaba con lo permitido
pero tú querías aquello que no lo es.

Al-Mutamid, por su parte, describía así a su amante:

Nuestro compañero amado combatió con ojos, espada y lanza
A veces caza mujeres, bellas gacelas; a veces hombres, valientes leones
.

 

Por desgracia, los rumores no tardarían en llegar a Sevilla a oídos del rey que, cuando supo la devoción de su hijo por aquel hombre, decidió alejarle de la molicie y poner fin a lo que él consideraba una influencia nefasta llamando a su hijo a la corte y desterrando al maestro de sus dominios.

Ibn Amar empezó una vida errante, viajando de un lado a otro, buscando refugio y ayuda en las demás taifas. Los dos amantes, sin embargo, seguían en contacto y se reunían clandestinamente siempre que se les presentaba la ocasión.

Por fin, a los 29 años, Al-Mu’tamid accedió al trono y se apresuró en llamar a su lado a su bien amado, colmándole de honores y nombrándole visir de su reino. La relación fue excelente durante varios años en los que Ibn-Amar gozó del favor y de la generosidad de Al-Mu’tamid. Sin embargo, un acontecimiento vino a enturbiar esta relación.

Un día que paseaban a orillas del Guadalquivir, una ligera brisa rizó la superficie del agua y el rey dijo: "El viento teje lorigas en las aguas" esperando que su amigo Ibn-Ammar compusiera el verso siguiente; pero, antes de que pudiera contestar, oyeron una voz femenina que completaba el verso: "¡Qué coraza si se helaran!".
Era la voz de una muchacha escondida tras los juncos, una joven bellísima llamada Rumaikiyya, esclava de un arriero. El rey se enamoró de ella, la invitó a su palacio y la convirtió en su favorita.

No cabe duda de que Ibn-Ammar se sintió desplazado y, movido por los celos, no dudó en criticar duramente la elección del príncipe con estos versos infamantes:

Elegiste, de entre las hijas de los viles
a Rumaykiyya, que no vale un adarme;
trajo al mundo sinvergüenzas de bajo origen
tanto por la vía paterna como la materna;
son cortos de estatura,
pero sus cuernos son largos.

La discordia engendró enemistad entre los dos hombres. El califa, para castigarle, alejó a su visir de la corte, mandándole reconquistar la taifa de Murcia, orden que Ibn-Ammar cumplió exitosamente. Pero sea por despecho o movido por una desmedida ambición de poder, se autoproclamó poco después rey de Murcia, enfrentándose así a su rey.
Como era de suponer, su poder duró poco: cayó en una emboscada, fue hecho prisionero y entregado a al-Mutamid que lo condenó al destierro.

Desde el exilio, Ibn Amar suplicaba, una y otra vez, el perdón del monarca:

¿Acaso Silves no ha llorado por el que sufre
y Sevilla no ha suspirado por un arrepentido?

El rey, conocido por su generosidad y que, según Ibn Hakar, era "el más liberal, hospitalario, magnánimo y poderoso entre todos los príncipes de Al-Andalus", se inclinó finalmente por el perdón:

Ven, vuelve a ocupar tu puesto a mi lado.
Ven sin temer nada, porque te esperan bondades, no reproches.
Convéncete de que te amo demasiado para poder afligirte;
nada, bien lo sabes, me agrada tanto como verte contento y alegre.

Te trataré con benevolencia, como siempre,
y te perdonaré tu falta si la ha habido:
porque el Eterno no me ha dado un corazón duro,
y no tengo costumbre de olvidar una amistad antigua y sagrada.

Más adelante, sin embargo, se indignaría tras leer una carta interceptada que Abenamar había enviado a sus enemigos y, a pesar del amor que durante muchos años los había unido, lo condenó y lo ajustició con sus propias manos.

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