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En el preciso momento en el que releía por enésima vez una de sus obras (El Exiliado de Capri), Adso me dio la triste noticia de la desaparición del gran escritor homosexual francés. Imborrablemente marcado por la muerte de su primer amor en su adolescencia -tragedia que inspiró su ópera prima: Las Amistades Particulares-, injustamente cesado por unos turbios asuntos de chicos y de celos, cuando era joven diplomático en Atenas -acontecimientos en los que también se inspiró para su segunda novela, Las Embajadas-, Peyrefitte no ha dejado nunca de denunciar la hipocresía, la mentira, la intolerancia y la injusticia, allí donde surjían, en cualquiera de sus manifestaciones. Voltaire del siglo XX, su mirada implacable, la causticidad de su verbo, su actitud desafiante hacia los poderes establecidos, el tono satírico e incisivo de su obra, y una extensa cultura clásica servida por un dominio del idioma francés como pocos lo han tenido, hacen de él uno de los autores más interesantes de la literatura contemporánea francesa. |
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Su condición de homosexual declarado, y el carácter panfletario de algunas de sus obras (Las llaves de San Pedro, Los Hijos de la Luz, De los Franceses, Los Judíos), le valieron la hostilidad de la clase política así como la de la alta burguesía, cerrándole inexorablemente las puertas de la Academia Francesa. No obstante, nos lega una obra literaria de primer orden, tanto por su calidad como por su extensión, a la que aludiré en más de una ocasión en los distintos apartados de La Ciudad.
Porque, lo que realmente quiero deciros -mas que hacer el elogio póstumo de un gran escritor- es lo que han supuesto este hombre y su obra, en mi vida. Y cómo el azar, a veces, favorece o provoca esos encuentros definitivos con una obra, un pensamiento, un hombre, que cambian radicalmente el curso de una vida. Debo confesar, no sin cierta vergüenza, que hasta los 15 o 16 años, solo había leído biografías, libros de historia, y novelas policíacas y de espionaje que eran las que, realmente, me interesaban y me gustaban. Conocía todas las aventuras y fechorías de los James Bond, OSS 117, Bob Morane, y Comisario San Antonio; con ellos, había soñado, luchado, amado, había estado en los sitios más pintorescos, los más elegantes, los más peligrosos, y había dado veinte veces la vuelta al mundo. Ningún profesor de literatura había conseguido aficionarme a otro tipo de lectura. Sin embargo, a los 17 años, y en puertas ya de la universidad, tuve un maestro excepcional que me abrió el universo de los Montesquieu, Voltaire, Sthendal, Balzac, Flaubert, Baudelaire, Gide, Montherlant... De Peyrefitte, solo nos comentó "Las llaves de San Pedro" (o "Las claves de San Pedro")... pero fue suficiente para picar mi curiosidad: quería saber quien era el Padre de Trennes, y que misterio le unía al joven Georges de Sarre. Así que, al año siguiente, disfrutando de una libertad recién estrenada al estudiar lejos de casa por primera vez, cogí la grata costumbre de ir, cada tarde, al salir de la universidad, a una de esas librerías donde uno podía quedarse horas y horas curioseando y ojeando libros. Busqué y encontré Las Amistades Particulares, devoré el libro en una noche, y comprendí entonces que un chico podía enamorarse de otro chico, que un hombre podía amar a otro hombre, sin perder su virilidad, sin transformarse en un ser extraño y marginal. El amor estaba en nosotros, como un tesoro, a disposición del que supiera llegar hasta el, sea cual fuera su sexo. Pero yo aún no estaba preparado para este amor, que seguía siendo una incógnita para mi. Me atraía como un imán, pero era la llamada de lo desconocido. Observaba a mis compañeros de universidad y, aunque tenía cierta amistad con algunos, no sentía nada en particular por ninguno de ellos, ninguna atracción, ningún deseo. Pensé: el ambiente no es el adecuado, demasiado frío, demasiado tenso, demasiado neutro. Me acordaba de Francisco, el año anterior, en el internado del Liceo. Que dulce sería poder conversar con él, jugar al tenis con él, estar siempre a su lado. Me atreví a ir a su ciudad, durante un fin de semana, pero desaproveché la ocasión. Me intrigaba, a la vez que me atraía, el ambiente íntimo y acolchado del libro: aquel colegio religioso de principio de siglo. Me parecía ver a Jorge, Luciano y Alejandro moverse como sombras por los pasillos claroscuros de Saint Claude, sentir el aire cálido del invernadero acariciar mi cara, oír los latidos del corazón de Alejandro, y el crujir el parquet bajo los pasos del enigmático Padre de Trennes, vigilante nocturno de los sueños adolescentes. El año escolar discurrió sin novedad, mientras yo seguía devorando la prosa peyrefitiana y empapándome de su mundo. Estaba decidido a hacer algo que rompiese la monotonía de una vida de estudiante sin problemas, aunque sin grandes alicientes tampoco. Curiosamente, en junio, me tropecé literalmente con un anuncio en un periódico local: "Gran colegio del suroeste busca, para el próximo curso, universitarios para cubrir los puestos de maestros de internado..." Gran colegio del suroeste... no lo pensé ni medio segundo y envié sin más mi solicitud. A los pocos días, recibí la contestación: "Muy señor nuestro, hemos retenido su candidatura..." Lo había conseguido, o casi. Solo me faltaba la entrevista personal... Sin embargo, en agosto, mientras disfrutaba de unas vacaciones en Cadaqués, me sorprendió recibir una carta del Rector del colegio: contra todo pronóstico, me habían concedido el puesto... En septiembre, tuve mi primer contacto con un universo totalmente desconocido hasta ahora para mi. Yo era un puro producto de la enseñanza laica republicana y descubría, ahora, todos los ritos y los misterios de los colegios religiosos: el ritmo lento de las horas, el omnipresente silencio, incluso cuando se desplazaban filas interminables de alumnos por los pasillos, la disciplina, la misa en la capilla a las 7 de la madrugada entre adolescentes soñolientos... me pareció incluso descubrir, entre los profesores, a algún que otro Padre de Trennes. Pero, si el ambiente era muy similar al de la novela, faltaba la pieza principal: su protagonista. Y no iba a descubrirlo hasta el final de año, hasta los últimos días de clase. Fué una mañana soleada de junio: al pasar por el portal que daba a la explanada del colegio, me crucé -casi nos tropezamos- con él: me miró, sonrió, y siguió su camino, gracil como una gazela. Y yo me quedé petrificado en el sitio, mirando como se alejaba. Por mucho que indagué, no conseguí saber quien era, ni de donde venía. Y sin embargo, sabía que aquel chico era parte de mi destino. Y así fue. En septiembre, nos volvimos a encontrar: era uno de mis nuevos alumnos y, durante unos años, iba a vivir con él una historia de amor irrepetible. No se si hubiese conocido a Marc, de no haber leido la novela de Peyrefitte, pero de lo que sí estoy convencido es que, gracias a ella, gracias a él, lo he conocido. Muchos años después, abrí esta página, en recuerdo de lo que fué aquel amor y para intentar luchar contra la fobia y la intolerancia que lo destruyó -fobia e intolerancia siempre presentes en nuestra sociedad, a pesar de las apariencias. Y como el azar -o el destino- sigue tejiendo y destejiendo mi vida, gracias a esta página, también he conocido al que, hoy, le da sentido al aire que respiro y justifica cada latido de mi corazón. Quieran los dioses que mi amado esté tan cerca de mi y tantos años como el joven Alain Philippe Malagnac lo estuvo de Roger Peyrefitte, hasta su muerte. |
| Había pensado concluir este pequeño articulo citando unos versos del poema Ganimedes, de Goethe. Pero sería una conclusion muy triste para evocar a alguién que observaba el mundo con una mirada traviesa y amaba la vida con sus cinco sentidos. Además, Adso no me lo perdonaría. Así que recurriré a otra novela, Los Amores Singulares, que recrea la vida del barón Wilhelm Von Gloeden, uno de los primeros fotógrafos de desnudos masculinos.
Parafraseandose a si mismo, Peyrefitte podía haber escrito: Mi historia y mi obra no estan hechas para los historiadores ni para los filólogos. Interesan solo a los voluptuosos y a los artistas. Son el testimonio de una existencia dedicada al culto de la belleza y de la verdad, un acto de agradecimiento hacia una cultura y hacia un pueblo. Toulouse, 22.12.2000 |
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