LOVE IN BLUE

   

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Cuando el amigo se va

Dirk Bogard -el intérprete de Mahler en "Muerte en Venecia"- cuenta que, en su primera entrevista con Bjorn Andressen -el joven Tadziu en la película-, este le preguntó: - ¿Cómo es mi personaje? A lo que Bogard le contestó: - Léete el guión. Al otro día, cuando volvieron a verse, Bjorn le dijo a Bogard: - Ya se quién soy: soy el Angel de la Muerte.

No llegamos a conocernos nunca personalmente: 500 km y un sin fin de dificultades lo impidieron, interponiéndose siempre entre los dos. Y sin embargo, no me he sentido nunca tan cerca de alguién como lo he estado de Adso. Ha sido, para mi, una fuente inagotable de inspiración a la hora de llenar este sitio de contenido... y de elaborar mis sueños de futuro.
La Ciudad estaba hecha para él aunque él, al final, haya pensado que no estaba hecho para La Ciudad.

A través de esta página, os he ido haciendo partícipes de algunos eventos de mi vida y, sobre todo, el más importante: mi encuentro con Adso.
Encuentro virtual, como lo he subrayado antes, aunque para mi fuese tan real como el aire que respiro.
Fue primero una voz, luego una imagen, y poco a poco, una presencia que lo iba llenando todo, y que iba condicionando mi vida, un poco más cada día, inexorablemente.
Adso decía que eramos como un acorde perfecto: "Fa, La, Do"... y yo llegué a pensar que, por fin, había entrado en mi vida aquel al que durante tantos años estuve esperando.

Era como un sueño pero... ¿por qué no creer en los sueños?

No me importa ser un niño si es para tener sueños tan maravillosos...

Adso irrumpió, con sus escritos, en esta ciudad de la que era -casi por definición- el Príncipe, dándole un nuevo rumbo, un aire distinto, una renovada imagen.
Por su inteligencia, por su extensa cultura -sorprendente en un chico tan joven-, por su exacerbada sensibilidad, por su apasionado temperamento, agradó, sorprendió y sedujo a muchos de los que visitais La Ciudad.
Puede incluso que haya irritado a más de uno, con su sentido crítico y la fina ironía con la que abordaba ciertos temas, pero lo cierto es que no dejaba indiferente a nadie.

Por desgracia, los sueños -como cualquier otra realidad tangible- también tienen fin.
No quiero contar aquí los pasos que se dieron para desandar el camino que habíamos recorrido juntos. Solo quiero agradecer a Adso que haya sido fiel a esa sinceridad que nos habíamos prometido mutuamente, al principio de nuestra amistad, evitando que siguiera ilusionándome con algo que había dejado de ser, o que -tal vez- no había existido nunca, salvo en mi propia imaginación.
Hace poco, me regaló el libro de Stefan Zweig: "La confusión de los sentimientos". Narra la historia de un joven estudiante que cree haberse enamorado de su profesor de literatura, pero que descubre más tarde que sólo era admiración lo que sentía realmente por ese hombre...

Lo acompañaba esta carta:


"... Eres el único adulto que se ha acercado a mi solo para ayudarme, sin pedirme nada a cambio... y yo te lo he pagado con mis silencios y mis ausencias, estos últimos meses en los que más me necesitabas.
Se que te habrá dolido [el libro], pero apostamos, desde el primer día, por la sinceridad, la franqueza, la transparencia... aunque dolieran.
No sabía como decirte lo que yo sentía verdaderamente: creí que estaba enamorado de ti, pero tan solo era agradecimiento y cariño por haber estado a mi lado, todos los días de mi enfermedad, por haberme apoyado, por haberte sacrificado como lo has hecho.
Tú sabes mejor que nadie que, a pesar de todas las desgracias que he vivido, todavía soy un crío, inseguro y fragil, que necesita refugiarse en su osito de peluche cuando la vida le da la espalda, cuando el mundo se le hace demasiado grande, demasiado hostil para él.
Mi madurez es solo una madurez negativa, porque solo me habían enseñado, hasta ahora, la cara oscura de este mundo. He tenido que aprender a defenderme de los demás antes que a amarles.
Como tú bien dices, la vida me ha enseñado a confiar solo en mi mismo, y me cuesta trabajo ahora, abrirme a los demás, a los que amo.
Tú me has abierto una ventana sobre el otro mundo, y ahora podré aprender a confiar y a amar. Con tu ayuda lo conseguiré, Henry, te prometo que lo conseguiré.
Un día me dijiste que yo tenía todos los signos de tu profecía. Hice mía esta frase, la más dulce de las declaraciones de amor que haya oido nunca.
Puede que tu también tengas todos los signos de mi profecía; pero no lo sé aún: tengo que crecer y madurar más, en el buen sentido, en el sentido positivo, en el que me indicaste tú.
¿Querrás enseñarme?
¿Querrás seguir a mi lado no ya como mi amado, sino como mi amigo?..."

Me cuesta seguir escribiendo...

María Callas canta el aria de Gianni Schicchi, de Puccini: "O mio babbino caro". Una indescriptible tristeza me invade y pesa sobre mí como una loza.
¡Dios! ¿Por qué me dolerá tanto respirar?
Intento sonreirle a ese trocito de cielo azul que, insolentemente, se asoma a la esquina de mi ventana.

Azul, yo te creía azul, Adso, yo te quería azul...

Me pican los ojos y sé que, de un momento a otro, un hilito de líquido salado zurcará mi mejilla, se insinuará en la comisura de mis labios y goteará finalmente sobre estas líneas.
Pero no quiero terminar este texto con una mancha, no quiero terminar esta historia con un borrón.
En todos estos meses, el azar, el destino o alguna bruja mala no han querido que llegaramos a conocernos personalmente, Adso. Y no se si nuestros caminos volverán a cruzarse algún día...
Un velero seguirá aburriéndose sin tí en el puerto, y yo no sabré nunca a que sabe tu piel. Pero nada podrá borrar todos esos lazos diminutos que hemos estado tejiendo, minuto a minuto, día trás día, cuando luchabamos juntos contra la enfermedad.
Se que, ahora mismo, estas ocupado en diversos asuntos que te mantienen apartado de La Ciudad pero, en cuanto puedas, quiero que vuelvas a colaborar con esta página, que sigas expresándote a través de ella: tienes muchas cosas que contar y lo sabes hacer muy bien, mejor que nadie.

Recuerda que se te aprecia, que puedes volver aquí siempre que quieras, cuando necesites descansar de tus fatigas o sentirte entre amigos, si te invade la soledad, porque este es tu hogar.

Yo seguiré edificando esta ciudad, piedra a piedra, a pesar de todo, por todos los amigos que confían en nosotros y porque, desgraciadamente, sigue habiendo demasiados intolerantes a los que les encantaría que esa pequeña voz disonante se callara para siempre.

Seguir, aunque me duela cada letra que escribo, aunque solo sea para ti, desconocido corazón roto.

"Yo no sé decir adiós, y por eso no lo digo..."

Sólo puedo decir:

¡Hasta siempre, Adso!

 

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