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Yasunari KAWABATA y Kiyono

 

 SHONEN

(EL ADOLESCENTE)

YASUNARI KAWABATA
- Premio Nobel de Literatura -

 

... Me gustaban tus dedos, tus manos, tus brazos, tu pecho, tus mejillas, tus párpados, tu lengua, tus dientes, tus piernas. Te amaba y creo poder decir que tú también me amabas de amor.
Esta declaración debería bastar para que me entendieras. ¿Cómo podían haber descubierto, los demás, a simple vista, lo que había entre nosotros, entre tú, mi cadete, y yo, tu mayor y, además, tu jefe de dormitorio?

Durante el primer trimestre, en primavera, cuando coincidimos en la misma habitación, intenté evitar que K y S durmieran a nuestro lado. Yo ya sabía que S estaba enfermo; en cuanto a K, todavía ignoro por que no le quería junto a nosotros, probablemente porque era más precoz que los demás y estaba ya al tanto de las historias entre mayores y cadetes, porque estaba en el mismo curso que tú (había suspendido su examen de primer curso), y porque tú le gustabas mucho. Pero, molesto por la enfermedad de S, quiso cambiar de sitio.

Al final, fuiste tú el que dormías junto a mí.

...

No me negaste nunca tus brazos, ni tus labios. Tú, tan puro, me los ofrecías. Debías imaginar que estabas en los brazos de tus padres ¿lo recuerdas? Mi corazón no era tan puro como el tuyo. Si estuviésemos juntos todavía hoy, mis palabras no tendrían ningún sentido pero, desde que dejé el colegio, Kitami es vuestro jefe de dormitorio, y creo que Kikugawa y Asada duermen también con vosotros. Cuando estaba allí, su belleza hacía la admiración de todos los mayores. Takami no era un cachas de quinto curso, sino más bien un enclenque de cuarto. ¿Será lo suficientemente fuerte, ahora, como para proteger a los alumnos del dormitorio? Tú, diana de las bajezas de los mayores ¿no te veras forzado a enfrentarte a sus viles deseos? ¿O, acaso, sería más exacto decir que has sido ya victima de ellos? Según me contaba Shimamura en una de sus cartas, parece ser que unos adolescentes muy guapos hayan turbado ya sus corazones y sus mentes. Creo que tu también aludes a ello en tu carta.

No hice ningún esfuerzo para pronunciar las palabras "brazos, labios, amor". Me han salido naturalmente. Y aunque haya imaginado a menudo lo que podía haber ocurrido entre nosotros, jamás intenté llegar tan lejos, ni siquiera en suenos. Eso lo sabes muy bien.
Y sobre todo, no quise precipitarte en el abismo en el que muchos mayores llevan a sus cadetes y, sin querer pisar este terreno, deseé sin embargo poder gozar de tu cuerpo hasta el límite extremo de nuestro universo; inconscientemente, inventaba para ello toda clase de formas nuevas. ¡Ah, cómo y con qué naturalidad e inocencia las aceptabas! Estos extremos de los que yo era el inventor no suscitaron en ti ni sospechas, ni asco. Fuiste, para mí, un dios salvador. Ah, tú a quién yo amé (si hubiese sido más exigente, creo que hubieras confiado aún más en mi), fuiste la maravilla de mi vida.

Pero ¿qué diferencia entre la lengua, las piernas y lo más profundo de tu ser? Sólo me detuvo mi extrema timidez; de todo ello soy único responsable.

...

Es penoso escribir esto, para mi que dejé tu cuerpo tan unido al mío pero ¿acaso me ha proporcionado alguna alegría esta integridad moral? ¿No sería más exacto decir, tal vez, que durante un tiempo solo sentí una frustración que me desolaba?

...

Al contrario de lo que me ocurría con Kakiuchi, mis sentimientos hacia tí eran mucho más puros. Tu habrías hecho todo lo que te huebiese pedido, aunque esto te hubiese sido desagradable. Incluso hoy, después de estas confesiones, estoy seguro de que harías todo lo que yo te pidiera. Hemos llegado hasta el limite extremo de lo que nos era permitido, y he resptetado estos límites. Y estoy seguro de que, algún día, tendré la absoluta convicción de que lo hice más por amor que por timidez.

Acuerdate, aquella noche... acercaste mi colchón al tuyo y, abrazándome, llorando, te quejaste de Oguchi que te había asustado al irrumpir en el dormitorio. Pero tú aún no sabías nada de las exigencias de los mayores, y no temías herirme al contarmelo.

En otra ocasión, no dejaste de abrazarme fuertemente como si, para ti, fuese alguién irremplazable.

 

 

 

...

Me he levantado un ratito antes de que sonara el timbre para despertarnos, para ir al aseo. El frio me hace temblar. Me vuelvo a acostar, levanto el brazo caliente de Kiyono, lo envuelvo con mi brazo y acerco su rostro al mío. Parece como si Kiyono estuviera soñando y se agarra a mi cuello apoyándose fuertemente sobre mi cabeza. Mis mejillas estan pegadas a las suyas, y mis labios entumecidos se posan sobre su frente y sus párpados. Lamento que mi cuerpo esté tan frío. Kiyono abre los ojos, de vez en cuando, con inocencia, y se abraza a mi cabeza. Contemplo largamente sus párpados cerrados.. Parece como si no pensara en nada. Sigo así durante casi media hora. No siento ningún deseo. Kiyoto tampoco.

Traducido por Henry

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