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CAMINO HACIA LA NADA

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La primera vez que nos vimos me pareció que había algo de reto en su mirada; solo tenía diecisiete años, y toda la sabiduría de los chicos de la calle; en cada palabra, en cada gesto, daba la sensación de haber vivido cien años. Dijo que yo era un angel y algo en eso me sonó a burla; no nos caímos bien aquel primer día y, sin embargo, ya entonces, sintió la responsabilidad de protegerme ante lo que él consideraba un mundo lleno de trampas. – Desde hoy, eres mi hermanito – me dijo – y si no cuido de ti, esta ciudad te comerá -. Y aquel Madrid, que a un chico recién llegado se le antojaba como un laberinto, se convirtió en la ciudad más segura y divertida del mundo a su lado. Era mi mejor amigo, mi camarada, mi compañero de lucha. En su independencia de lobo, en su fuerza, en su hambre de vida, encontré parte de la mía, y en todos aquellos días que pasamos juntos, en todas las correrías, entre tanta confidencia y tanta risa, jamás dejó de gritarme con los ojos que, por muy mal que pudieran salirte las cosas, vivir era algo que realmente merecía la pena.

Me llamaron para decirme que había muerto tirado en el suelo de unos mugrientos servicios de discoteca. Tenía 17 años; era joven, fuerte, valiente, inteligente, guapo, y estaba decidido a comerse el mundo en cuanto pudiera salir de su casa.
Sin embargo, su corazón no pudo resistir la embestida de cinco pastillas de éxtasis mezcladas con cerveza.

Su cuerpo, tan fuerte, tan vigoroso, tan lleno de vida, cayó fulminado como una marioneta a la que le hubieran cortado las cuerdas, y hoy le lloro, a pesar de que sé bien que hacía mucho tiempo ya que le había perdido. Que hacía mucho tiempo que había dejado de dirigir su propio cuerpo, que hacía mucho tiempo que su cerebro se había convertido en un almacén de éxtasis; después de haberle visto rodar, escaleras abajo, como un payaso torpe y ridículo, porque ya no era capaz de ejercer el control sobre sus propios pies; después de tantas y tantas noches buscando excusas para explicarle a sus padres por qué a veces no era capaz de recordar ni su propio nombre; después de haberle oído, hasta el mísmisimo día anterior a su muerte, decir las mismas palabras como una cantinela:

– Tranquilo, Adso, si yo controlo...

Nos ofrecen una pastilla, una calada de marihuana o una rayita de coca; y pensamos: "¡Vale! Por una vez no pasará nada. Yo controlo."
Pero me pregunto: ¿realmente somos tan gilipollas como para creernos eso? ¿realmente llegamos a mentirnos así a nosotros mismos?

¡ NO CONTROLAMOS NADA, NADA !

Y el hecho de que podamos tragarnos toda esa mierda, como estúpidos pavos de corral amaestrados, demuestra que por no controlar no somos capaces ni de controlarnos a nosotros mismos.

Me dijeron quien era el que se dedicaba a distribuir las pastillas por las discotecas del barrio. Le he visto pasar, conduciendo un Ferrari rojo descapotable, deslumbrando con el brillo de su reloj de oro, acariciando con una mano llena de anillos a una rubia prefabricada en silicona y pintalabios. Y he pensado que, en ese coche, en esos anillos, en ese reloj, iba un trozo del corazón destrozado de mi amigo.

Tú que me lees y también buscas la personalidad que te falta en el éxtasis o el tripi: ¿qué coche conduce el cerdo que se enriquece a costa de tu estupidez? ¿qué reloj le has regalado con tus colocones, con tus sudores fríos, con tus vómitos? ¿cuántos ceros añadirás a su cuenta corriente hasta que tu corazón chille que ya basta, o peor, se calle para siempre?
Una pastilla, una vez, solo una vez y ya está. Solo por probar. Y luego no vuelvo a tomar nada más en mi vida. Si . . . es un buen pensamiento. Pero ¿se nos ocurre pensar que todos los que vemos a nuestro lado, colocados perdidos, bailando frenéticamente como ridículos muñequitos de cuerda, vomitando las tripas con la cabeza metida dentro de la taza del wc, o con las pupilas de los ojos dilatadas como paelleras, también tuvieron ese pensamiento algún día?
Mi amigo también tuvo su primera vez; también dijo eso de - solo por probar y ya está - Y ahora le lloro y le lloraré, porque ya jamás volveré a verle, jamás podré volver a oir su voz, jamás podremos hacer ya ese viaje por Europa que teníamos planeado, jamás podré preguntarle ya si todo esto ha merecido la pena, si todo este dolor que hoy siento yo, que sienten sus amigos, que sienten sus padres, está compensado por ese "último viaje".

Me gustaría saber qué me diría, si yo fuese un dios y pudiera hacer de la vida un vídeo, rebobinando de nuevo la cinta para volver a darle una segunda oportunidad, situándole en la mañana antes de su muerte.
Me gustaría, aunque sé bien cuales serían sus palabras. Me miraría con sus ojos lobunos y su sonrisa canalla y me diría: "Joder Adso. . . nunca más tío, nunca más".

Él ya no podrá tener esta segunda oportunidad; pero tú sí aún la tienes. Y si la desaprovechas hoy, mañana también podrá ser tarde para ti.

Me han hecho gracia siempre los anuncios que nos ponen en carteles publicitarios y en televisión para prevenirnos contra las drogas. Un puñadito de chicos y chicas guapos, sus melenas al viento, con ropitas de marca, enseñando sus blanquísimas dentaduras y moviendo sus preciosos culos dentro de sus Levi’s o sus Calvin Klein -o cualquiera de esos vaqueros a los que ni tu bolsillo ni el mío pueden aspirar-, muertos de risa por vete a saber qué, dando saltos de acá para allá y diciendo: "Si te ofrecen drogas, di no ¡Nosotros tenemos marcha sin drogas!"
Sin embargo, desde estas líneas te escribe un chico vulgar y corriente, que tiene que jugar de base al baloncesto por no dar la talla, que en casi quince años de vida no ha conseguido estar bien peinado ni un solo día, que se comió (literalmente) la barra de la barandilla de su casa por intentar hacerse el chulito con el skateboard delante del hombre de su vida, que tiene que ahorrar durante dos meses para poder comprarse un cochino libro o unos vaqueros de marca "vaya-usted-a-saber".. Un chico corriente e imperfecto hasta las orejas, como puedes serlo tú, o cualquiera de los chicos a los que nos toca vivir esta edad. Y este chico también ha tenido las dos pastillas en la mano para poder aguantar toda la noche despierto sin cansarse. Pero hoy, recién llegado de bailar con la muerte, puedo asegurarte, darte mi palabra, jurarte que la línea que separa la juerga y el cachondeo del patetismo y la degeneración más absoluta es fina. Muy, muy, muy fina. Y que la habrás cruzado antes de que llegues a darte cuenta.

Por mi amigo que se fue, por tantos y tantos que se enriquecen a costa de nuestros hígados y de nuestras vidas, por todas esas cimas que te has propuesto alcanzar antes de los treinta años, recuerda siempre que no eres marioneta de nadie. Que en el barco de tu cuerpo no se admiten más capitanes que tú, que debes ser tú el único que decida cuándo, dónde y cómo quieres caminar, cuándo, dónde y cómo quieres desbarrar, cuándo, dónde, y cómo quieres actúar.
Y no debe existir pastilla ni polvo mágico que pueda pensar por ti.

Adso,

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COMENTARIOS SOBRE ESTE ART�CULO


  • CAMINO HACIA LA NADA
    18 de enero de 2010, por hhpolanco

    hoy si me dejaste con el nudo en la garganta..... eres..... único.... digo.... no todos ponen lo que realmente sienten.... y tú si lo haces, eso te hace relevante a la par de los demas...... digo...... WOW....!!! si te tuviera a la par te daria un super abrazo..... en serio.... GRACIAS por tu post... estuvo educativo.... y sincero...... y.... creo que todo es un lapso.... y todo pasará.... y mejores cosas vienen en la vida, y no se detiene con una cosa...... osea..... aún faltan cosas por hacer....!!!!


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